Garbiñe Muguruza sale del abierto de Australia al caer ante Coco Vandeweghe

De sopetón, en un abrir y cerrar de ojos, cuando todo había ido sobre ruedas en las rondas previas y en su mirada se advertían señales muy esperanzadoras, Garbiñe Muguruza se vio apeada del Open de Australia. La causa del adiós fue una norteamericana que jugó como los ángeles. 6-4 y 6-0 (en 1h 23m) para Coco Vandeweghe, semifinalista ya del torneo australiano. Una jugadora que infligió un castigo severo a Muguruza, quien se encontró con un escenario relativamente nuevo para ella. Se quedó desarmada y, por una vez, la historia no dependió de ella, de sus aciertos o sus errores, no. En esta ocasión quedó a merced de la ventisca que enterró sus esperanzas en los cuartos.

Desde la primera bola en juego intentó levantar el cerco Vandeweghe. Esta, 35 del mundo (25 años), salió a morder. Agresividad bárbara la de la estadounidense, pegándole duro con la derecha y con un revés cruzado a dos manos muy incisivo. Le forzó a Muguruza a protegerse constantemente con el escudo, porque fue un asedio sin tregua. Ofensiva total la de la norteamericana. Un pulso sin ritmo de juego, pero frenético en su desarrollo, porque la neoyorquina buscaba el ganador en cada resto, bombardeando a los pies de Garbiñe. Cada segundo saque de esta (se quedó en un 33% de premio) suponía una tortura, porque la otra le esperaba con una guadaña.

La hispano-venezolana tuvo que emplear todo el rato el extintor para apagar fuegos. De inicio ya salvó dos opciones de break y en su segundo servicio otra; luego, en el séptimo juego, resistió el acoso tres veces más, e incluso tuvo dos oportunidades para cerrarlo, pero Vandeweghe incidió, incidió e incidió para lograr la rotura y el desequilibrio en el primer parcial. 4-3 a su favor, continuaba la tormenta. La estadounidense seguía sobrexcitada, con mucha prisa por llevarse el parcial, derechazo tras derechazo. Primeros servicios a 190 kilómetros por hora (con un botín del 88%) y segundos a 160. Un fogonazo tras otro, sin piedad.

Muguruza se agarró al partido como pudo. En realidad no consiguió llevar la iniciativa más que forma esporádica, porque Vandeweghe (1,85 y 70 kilos, muy atlética) se adueñó de la pista restando muy adentro y voleando de maravilla. Sacó el martillo (31 ganadores, por 14 de su adversaria) y tomó la red (5/5). Menuda potencia. Vaya facilidad para abreviar los puntos y limpiar las líneas. A pesar de todo, la de Caracas tuvo la oportunidad de estirar la primera manga, pero su rival la desbarató a las bravas, con un ace. Como si nada, sin despeinarse un pelo. Lo dicho, tenía prisa Vandeweghe por acortar el cruce, algún que hacer importante en Melbourne.

El transcurso del partido lo reducía a una cuestión de fe y de cabeza. Creer era la única vía, no había otra. Luchar hasta la última pelota. Aguantar y ser dura de mollera, a la espera de que la estadounidense flaquease en algún momento y despejase un poco. Pero nada de nada. Vandeweghe seguía espitosa, dando botecitos permanentemente, intimidando. Ni un paso atrás dio. Intratable. Puso a Garbiñe contra las cuerdas y la noqueó. Dos breaks consecutivos para abrir el segundo set y poner viento en popa hacia la victoria. O sea, hacia el adiós de Muguruza. Juego para ella, y otro, y otro… 1-0, 2-0, 3-0, 4-0, 5-0… Demasiado para cualquiera. Un festival.

 

Se despidió de Melbourne la campeona de Roland Garros con un mareo de aúpa. El vendaval neoyorquino se le llevó por delante, al igual que hizo dos días atrás con la número uno, Angelique Kerber. Ante el recital de Vandeweghe, muy poco (o nada) que hacer. Desde la barrera, poco más que aplaudir; a pie de pista, Muguruza pasó un muy mal rato. Se marchó con un sabor agrio Garbiñe, pero la lectura global de su torneo dice que hizo un gran tenis y rompió su barrera australiana, la que le impedía rebasar los octavos. Pero un tornado le interrumpió el buen paso. De seguir así, el interrogante es obvio: ¿Quién podrá frenar a Vandeweghe en Melbourne?

 

Fuente: elpais

 

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